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Mailín: una historia de fe y devoción sin fronteras

- 18:42 Interior

Monte aguerrido y ba­ñados de agua marrón entre la maleza. Un sinfín de ruidos pe­queños y lejanos. Un sol abrasador y lunas de acero. Año 1600. Mailín reboza de virgi­nidad.

Mucho tiempo antes de que aparecie­ra la preciosa Cruz con la imagen del Señor Forastero, un antiquísimo pueblo indio ha­bitaba esos paisajes en los que hoy es el de­partamento Avellaneda. Nunca nadie hubie­ra podido imaginar el sinfín de sucesos que a partir de la aparición de la reliquia, se pro­dujeron por más de 200 años hasta nues­tros días, con la veneración de esa imagen de gran devoción cristiana: el Señor de los Mila­gros de Mailín.


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Encarar una mirada sobre el nacimiento histórico de esa veneración obliga a un tra­bajo de recopilación de los pocos datos com­probados existentes y de los cientos de miles de apuntes y testimonios que rodean este fe­nómeno de fe popular.

Hay dos versiones sobre el origen del nombre de la villa. Una de ellas indica que Mailín significa “indiano” y que habría sido asignado, posiblemente por los vilelas que habitaron las riberas de un río que precisa­mente se llamaba Mailín o Maulín. La otra, habla del vocablo traducido como “manan­tial” o “bruja del bañado”.


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Un dato sorprendente es que, según el mapa de un sacerdote al que Orestes Di Lullo identifica como el padre Jolis del año 1789, aquel río Mailín unía el Salado con el Dulce.

Los antecedentes de mayor relevancia, responden al trabajo de Di Lullo, a través de su valioso libro “Agonía de los Pueblos”, en el que evoca la historia del pueblo, su geo­grafía y toda su tradición religiosa, así como también tuvieron vital importancia los libros del archivo del Obispado de la provincia.


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¿Cómo llegó la cruz de Mailín a esa zona? El siglo XVIII fue el de las grandes misiones jesuíticas. En Santiago del Estero sobresalie­ron a través de lo que se llamó la “Reducción de Vilelas”, así como también en las reduc­ciones de Petacas y Abipones, en las que los curas enseñaban cate­cismo a los indígenas “con palabras simples, para que los naturales enten­dieran los misterios, se establecieron es­cuelas para corregir las costumbres…”, re­lata Di Lullo.

Y ahonda: “Fue­ron las reducciones una creación original, que en ma­nos de los jesuitas dieron frutos per­manentes… ” Fue mediante esta ins­titución que se trató de “formar pue­blos, donde se aglutinasen los ele­mentos dispersos y se organizara la vi­da y se disciplinasen las costumbres, en contacto con el mentor (el jesuita) que sin codicia ni interés subalterno, fuese capaz de dignificarlos progresivamente”.


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Explica Di Lullo, además, que esta re­ducción tenía una triple autoridad: “india, religiosa y real con vasallos libres y sin otra obligación que el pago de un tributo al rey”. ¿Fueron entonces, los jesuitas quienes traje­ron la venerada cruz?.



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