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Evangelio según san Juan (12,1-11)

- 21:52 El Evangelio

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”.

Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.

Jesús dijo: - “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”.

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Comentario

Una vez más, Jesús pone en orden las cosas. Alaba el gesto de amor de María. Acepta esa expresión de amor y recalca algo: los pobres estarán siempre entre nosotros. Se les debe apoyar, ayudar y acompañar. Eso no obsta para aceptar con naturalidad el gesto devoto de María. Relativiza el gasto que Judas magnifica.

Curiosamente tampoco recrimina nada a Judas -expresión de su bondad misericordiosa con quien le va a entregar-, le recuerda un hecho fehaciente: “los pobres los tenéis siempre con vosotros; a mí, en cambio, no siempre me tendréis”.

El evangelio nos acerca la figura de Jesús mostrando su serenidad ante lo que le rodea, pero dando el valor justo a lo que ocurre a su alrededor. La mención a los pobres es una forma de hacernos caer en la cuenta de que en nuestras manos está la solidaridad para acompañar y aliviar a esos pobres con quienes Jesús siempre se ha identificado. Hoy nuestra adhesión se ha de manifestar en la solidaridad ante quienes desesperan o esperan nuestro reconocimiento como hijos predilectos de Dios a quienes hay que ayudar.

La Semana Santa es tiempo de reflexión y revisión de nuestras posturas ante las realidades con las que nos toca vivir. Tiempo de profundizar dónde nos situamos ante el dolor y la pobreza. Tiempo para identificarnos con Jesús a través de los misterios que vamos a vivir.

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