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“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra...”

Evangelio según San Juan 8,1-11.

- 21:16 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. J e s ú s s e i n corporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor.” Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Reflexión

La ‘historia de Susana’, añadida, al parecer, al texto de Daniel, ilustra la justicia de Dios en medio de su pueblo. Frente a la corrupción de algunos jueces judíos, que ejercían la administración de la justicia, la sabiduría de un joven descubre ante el pueblo la culpabilidad de dos de ellos, que pretendían condenar a una mujer inocente de la que habían intentado abusar. Al no conseguir su propósito, engañaron a la gente, seguros de su prestigio social. Pero Dios salió en defensa del débil a la vista de todos. Se trata de una temática de orden sapiencial, que nos enseña al menos dos cosas importantes. Por una parte, cómo el poder corrompe con frecuencia a los que lo detentan, que no son mejores que los demás, pero que parecen tener una relevancia social que los hace invulnerables. Sin embargo, también ellos muestran a veces su lado flaco, dejando ver sus pretensiones inconfesables y sus manejos turbios. Por otra parte y esto es lo más importante-, relatos como ese nos muestran el obrar providente de Dios, no siempre claramente visible, pero siempre favorable a los más desvalidos. Un obrar que, además, lleva a cabo a menudo sirviéndose de instrumentos sin un relieve especial. Quiere dar a entender que muchas hermosas realidades son fruto de inesperadas y modestas iniciativas; nos educa para que aprendamos que, sobre todo en las cosas de Dios, “la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12, 9). Susana, a pesar de sentir terror, parecía sin embargo tener esa certeza. También este relato más propio del estilo de Lucasparece haber sido añadido al evangelio de Juan. Lo que pretenden los acusadores es tender una trampa a Jesús, tomando como pretexto el supuesto adulterio de una mujer. Él, sin embargo, desbarata sus planes, a la vez que muestra cómo está del lado de la misericordia de Dios, que ellos desconocen. Aquí las autoridades se muestran de nuevo prepotentes, con un doble propósito: condenar a una mujer indefensa y acusar a Jesús, a quien suponen desobediente a la ley. Jesús, por el contrario, ni se defiende ni se suma a la proclamada condena. Con un sencillo gesto, al parecer suficientemente elocuente para aquellos hombres (tal vez porque expresa matices de la ley que no han tenido en cuenta, o porque los remite a sus propias responsabilidades), les hace abandonar sus propósitos y, a la vez, rehabilita a aquella mujer ante todos. La enseñanza aquí también es doble. En primer lugar, juzgar y condenar sólo lo puede hacer Dios con total acierto (y, además, el que pretende juzgar debe examinarse primero a sí mismo). En segundo lugar, Dios, porque es misericordioso con todos, es siempre propenso a perdonar, si bien advierte de que el pecador debe corregir su conducta (“Yo tampoco te condeno. Anda, y en adelante no peques más”). ¿Por qué es justo que seamos misericordiosos?.

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