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Jesús, mensajero del amor y el perdón de Dios

Juan 8, 1-11.

- 21:26 El Evangelio

Los escribas y fariseos con la intención de ponerle una trampa a Jesús, le consultan sobre qué sentencia merece una mujer sorprendida en adulterio. La trampa es clara: si Jesús la condena obraría en contra de su propia predicación que anuncia el perdón de Dios. Si propone perdón y clemencia para la mujer entra en conflicto con la ley de Moisés que prescribía la lapidación para este caso según Lev 20,10 y Dt 22,22. Ante el interrogatorio inquisidor de sus adversarios lejos de responder en primera instancia, Jesús se inclina y escribe con el dedo en el suelo. Con este gesto Jesús pretende movilizar la conciencia de los acusadores para que encuentren en sí mismos la respuesta. Es una invitación a pasar de lo “legal” a lo moral, es decir, que encuentren en la ley una motivación reveladora de los corazones: “el que entre ustedes esté sin pecado, tírele la primera piedra”. Para Jesús todos los hombres son pecadores y por lo tanto merecedores de la misericordia de Dios. Por eso, luego de que los “acusadores” se van de a uno, comenzando por los más ancianos, Jesús dice a la mujer: “¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. Jesús ofrece a la mujer el perdón de Dios y la invita a la conversión.

Conclusión

La mirada de Jesús es diferente a la de la sociedad de su tiempo, mira a las personas con compasión. Él no es un legista, sino el profeta de la compasión y del amor de Dios. Se acerca a las personas con ternura, mira lo que otros no ven, su dignidad de hijos de Dios. En especial, siente un cariño inmenso por los excluidos, por los marginados de esa sociedad, patriarcal y llena de prejuicios. Por eso, quiere a los niños, y trata a la mujer de una manera especial, como nunca antes se vio. Jesús sabe que la mujer está condenada por el solo hecho de ser mujer, considerada impura y causa del pecado del varón. Pero para Jesús esto no es así. Tendrá muchas amigas, incluso las admitirá entre sus discípulos. Jesús ve en ellas, el rostro misericordioso de Dios. No las juzga, sabe que son víctimas del machismo imperante, inclusive en el ámbito religioso. Con este gesto, Jesús las libera de la esclavitud y las dignifica. ¿Cuándo la Iglesia le dará a la mujer el lugar que le corresponde? Todas nuestras comunidades están animadas por mujeres, y todavía, para la Iglesia, son consideradas cristianos de segunda. ¿Podrá la Iglesia alguna vez, contagiarse de la práctica liberadora de Jesús y empoderar a los que hoy están excluidos? ¿Podrá la mujer ocupar lugares de decisión en la Iglesia? No hay que olvidar que gran parte de la crisis de la Iglesia actual se debe al modelo patriarcal, y machista que oscurece el rostro misericordioso de Dios.

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