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Evangelio según San Mateo 5,17-19

- 21:44 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”. Reflexión El discurso de Moisés que hoy escuchamos, es una propuesta solemne de aceptación de la Ley, maravillosamente motivada con la apelación al recuerdo de lo que ha sido su experiencia como pueblo. Israel ha vivido el acontecimiento del Éxodo, su salida de Egipto y su caminar por el desierto como la maravillosa obra de Dios en su favor. El pueblo se constituye como tal, a partir de la experiencia de tener un Dios que se acerca a ellos, que se hace presente en su historia, en el acontecer de cada día, que escucha, que camina junto a ellos... que libera, que salva. Para nosotros, quizá la palabra ley sugiere fundamentalmente la idea de obligatoriedad. Con lo que tiene de mala prensa todo lo que suena a obligatorio... Pero es que además, es muy probable que en todas partes conozcamos leyes que son verdaderamente injustas, que no buscan el bien común. No es esa la Ley que Moisés ha entregado al pueblo. En ella se ofrece una guía que permite orientarse en el camino, facilitar el descubrimiento de lo que es bueno para todos y de lo que nos hace daño... No se trata de someterse a la voluntad de un Dios caprichoso, sino de hacernos conscientes de que la Alianza que nos propone es la posibilidad de una vida auténtica. De ahí la insistencia de Moisés. ¿Y para nosotros hoy? La invitación a hacer memoria de la presencia de Dios con nosotros, de su mano fuerte, liberadora y salvadora en nuestra vida. De pasar por el corazón y agradecer. Y de contárselo a “nuestros hijos”... Continuamos hablando de la ley, familiar también en el evangelio de Mateo. Y en los tres versículos que hoy escuchamos en la liturgia puede sorprendernos el lenguaje utilizado por Jesús. Ha venido para llevar a su plenitud la Ley y los Profetas. Estamos en el capítulo 5 de Mateo, el Sermón del Monte, la gran declaración de intenciones, el manifiesto del programa de Jesús. Y no comienza con “mandatos”, sino con declaraciones de “felicidad” que para la mayoría de nosotros resultan difíciles de comprender. No hay Ley propiamente dicha. Pero después de eso, aparece Jesús exponiendo su postura frente a la Ley y los Profetas, expresión referida al conjunto del Antiguo Testamento, a la Escritura. No se refiere a las interminables interpretaciones que con el paso del tiempo los judíos fueron dando a la ley, cayendo en una multiplicidad de preceptos vacíos de auténtico contenido. Jesús mismo aparece en este capítulo del evangelio de Mateo reinterpretando la ley con su famoso “Habéis oído... pero yo os digo...”. ¿Qué plenitud, entonces, de la Ley y los Profetas? ¿Será necesario para nosotros volver la atención al Antiguo Testamento para asegurarnos de vivir en el cumplimiento de esa Ley? Escuchando a Jesús podemos deducir que no se trata de eso. La Ley y los Profetas alcanzarán su plenitud de sentido en esa Nueva Alianza que Dios hace con nosotros en Jesús. Sólo Él y su propuestainvitación encarnan la plenitud. En esta Nueva Alianza no vivimos pendientes de la ley. Sólo queremos seguirle a Él, tratando de aprender lo que es amar.

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