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Evangelio según san Lucas (1,26- 38)

- 23:27 El Evangelio

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.

Y María dijo: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”

El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”.

María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Y la dejó el ángel.

Comentario

Situamos la escena que nos narra el evangelio en Nazaret, donde hoy se alza la basílica de la Anunciación, la más grande de las iglesias católicas construidas en Tierra Santa. Dentro de esa iglesia se conserva la llamada casita de María donde ella vivía con sus padres y donde recibió la visita del Ángel.

En medio de este tiempo de Cuaresma el calendario cristiano nos propone la figura de la Madre de Jesús, la Virgen María, en el misterio de la Anunciación del ángel Gabriel. En aquel momento María era una joven muchacha en edad de casarse, pues estaba prometida en matrimonio a José. El matrimonio estaba previsto, pero aún no habían convivido juntos, por eso María le dice al ángel que todavía no convive con su futuro marido.

En esta narración del evangelio hay dos protagonistas, la Virgen María y la Palabra de Dios que transmite el ángel Gabriel. María en su sencillez está abierta a la voluntad de Dios.

Y es la Palabra de Dios la que transforma, da seguridad y, sin forzar la libertad de María, la lleva a una aceptación gozosa de la voluntad divina. María responde “que se cumpla en mí tu Palabra”.

De hoy en adelante la historia del mundo será de otra manera. Dios se hace hombre y la joven María será su madre. Por eso ella ocupa un puesto tan especial, único, en los designios de Dios sobre la humanidad. El “sí” de María en su humana pequeñez inaugura todos los “síes” que los seres humanos somos invitados a dar a las llamadas de Dios.

María después de escuchar, acoge. Las palabras dan fruto en su interior, no pasan como el viento, sino que se quedan y echan raíces en su corazón. Aprendamos de María a vivir una acogida humilde del Plan de Dios en nuestra vida. Que ella nos enseñe a aceptar con amor los designios divinos y a no alejarnos de su presencia.

La aportación de María como madre de Jesús no consiste solamente en haberle dado un cuerpo, sino también en formarlo y educarlo, igual que hace toda buena madre y esa es su mayor alegría.

Acompañados por la Santísima Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, vivamos este tiempo de Cuaresma con el corazón fijo en la Pascua, fiesta de Resurrección.

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